LA CULTURA DEL ESFUERZO

Recientemente he leído un artículo de Antonio Muñoz Molina -la letra “u” de la Real Academia Española- donde el escritor ubetense pone a caldo el doblaje de películas, series, documentales, dibujos animados… En síntesis, el artículo señala el desconocimiento de lenguas extranjeras como uno de los talones de Aquiles de la enseñanza en España, aseverando que el doblaje potencia esa carencia debido a su uso desmedido y a la baja calidad de las traducciones televisivas.
Cita Muñoz Molina un informe de Eurostat -la oficina estadística de la Unión Europea- donde se indica que solo el 51% de los españoles adultos habla una lengua extranjera. Es decir, prácticamente la mitad de los españoles no conoce otro idioma que no sea el castellano y algún otro de los hablados en las comunidades autónomas bilingües.
Si uno le echa un vistazo al informe -la mitad de los españoles no pueden hacerlo, pues la página de Eurostat solo está disponible en inglés, francés y alemán- puede constatar que solo dos países (Hungría y Bulgaria) tienen un porcentaje menor en esta estadística. Sorprende ver que otros países, como Suecia, alcanzan un 92 %.
No creo yo que en Suecia les dé por aprender idiomas cuando son adultos porque sí, sino que más bien debe ser su sistema educativo el que propicie estas estadísticas. Y cabría preguntarse si los medios audiovisuales de aquel país emiten contenidos con su lenguaje original y subtítulos en sueco.
¿Es posible en España acceder de forma fácil a contenidos en idioma original? Los contenidos en DVD suelen estar disponibles en varios idiomas, permitiéndose además el uso de subtítulos. Y la tecnología TDT, implantada masivamente ya en nuestro país, posibilita visionar contenidos en su idioma original y usar subtítulos en lengua española. Otra cosa es valorar la calidad de las traducciones y su acompasamiento con las imágenes en pantalla.
Sin embargo, podemos estimar que el uso de estas posibilidades es mínimo, lo que me hace llegar a una conclusión: no es que seamos más tontos por culpa del doblaje, como escribe Muñoz Molina, sino más bien que somos parcos en el esfuerzo y complacientes en el “dénmelo todo hecho”, lo que hace que para consumir contenidos audiovisuales los exijamos doblados a nuestro idioma. Y, por supuesto, las comercializadoras de estos contenidos no van a poner en riesgo sus ventas, pues no están para crear cultura sino para obtener dividendos.
No tenemos arraigada en nuestra sociedad una verdadera “cultura del esfuerzo”, y lo podemos apreciar si nos detenemos a pensar. Los modelos de éxito que vemos en televisión no son producto del trabajo y el esfuerzo, sino más bien personajillos que provocan la risa fácil, la animadversión -mostrando un deleznable comportamiento- y el populismo que raya en lo vergonzoso. Estos contenidos pueden verse a cualquier hora en muchas cadenas de televisión, siendo un referente para niños y adolescentes.
Si buscamos otros referentes para nuestros hijos, los hallamos en deportistas y artistas de éxito; pero lo que nos muestran los medios de comunicación es su lado glamuroso, la “dolce vita” de los famosos. Pero que poco se muestran las facetas de esos mismos personajes y de otros muchos -sin ser tan mediáticos-, cuando se sacrifican día a día en pos de conseguir sus metas.
En consecuencia, se va generando en nuestros jóvenes una imagen del éxito en la vida ciertamente deformada, pues éste se mide según lo abultado de la cartera y en función de la belleza externa, preponderando lo superficial. Si hiciéramos una pregunta a nuestros hijos, simplemente que nombraran diez personajes famosos, ¿qué creen que contestarían? ¿Nombrarían algún filósofo, historiador, investigador científico…? Presumo que no.
En cualquier caso, conviene no quedarse cruzados de brazos y empezar a crear nuevos modelos donde la juventud pueda verse reflejada. Los primeros ejemplos debemos ser los padres -la familia-,abogando por la cultura del esfuerzo, que no es sino perseguir los sueños sin escatimar en lo difíciles que puedan parecer. Se trata de apostar por intentar, cada día que pase, estar más cerca de un objetivo que, tal vez, resulte finalmente inalcanzable, pero cuya visión en el horizonte nos hace seguir en el camino. A fin de cuentas, lo que verdaderamente cuenta es el trayecto en sí, y no el destino.
Se trata, no de ser unos bonachones y complacientes que lo dan todo por y para sus hijos, sino personas normales que, después de terminar su jornada laboral, aún tienen interés por aportar un granito de arena al tejido asociativo solidario -asociaciones de padres o de vecinos, organizaciones no gubernamentales y otras asociaciones- o por desarrollar sus pasiones, ya sean deportivas, culturales, artísticas o intelectuales.
En definitiva, consiste en mostrar a nuestros hijos que en la vida hay que buscar el sustento a través de una carrera profesional que nos proporcione una remuneración que nos permita llevar una vida, cuando menos, digna; pero sin olvidar que también hay sitio para el desarrollo personal y social realizando labores que no persiguen ningún objetivo económico.
¿Qué imagen positiva no obtendrá un niño cuando vea a sus padres esforzarse un poco cada día para formarse y aprender más allá de los estudios que en su día pudieron realizar? ¿O cuando los tengan colaborando en su colegio perteneciendo al AMPA del mismo? ¿O cuando los observen como voluntarios en la asociación de vecinos persiguiendo lo mejor para el barrio? ¿O manifestándose pacíficamente en pos de conseguir que sus ideas sean tenidas en cuenta?
Todo eso es la cultura del esfuerzo, y más vale que nos pongamos las pilas y la transmitamos a nuestra descendencia, porque en el colegio y en el instituto nuestros hijos van a aprender mucho, pero con nuestro ejemplo pueden adquirir la mejor lección en la vida: el desarrollo como personas.
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