LANZANDO PIEDRAS

Recuerdo, no sin sonreírme para mis adentros, aquella disparatada escena de la película “La vida de Brian” –en la que los irrepetibles Monty Phyton satirizaban mordazmente el mundo palestino de la época de Jesuscristo- cuando un hombrecillo hebreo va a ser lapidado por una muchedumbre que, debiendo estar compuesta íntegramente por hombres, está realmente constituida por mujeres ataviadas con prendas masculinas y barbas postizas.

 

Un vendedor ambulante, en una loca parodia de la locura a la que puede derivar el afán comercial de nuestra sociedad, vendía diferentes tipos de piedras para llevar a cabo la pena impuesta mientras que un sacerdote se afanaba en desarrollar aquella ejecución de la forma más decorosa posible –algo en lo que el pobre ajusticiado no prestaba mucha voluntad- instruyendo a la desbocada multitud sedienta de sangre sobre la forma de proceder ante tan importante y sagrado proceso de eliminar a una persona sentenciada bajo el cargo de blasfemia.

 

Ni cortas ni perezosas, las impostoras Evas no dudan en lapidar al propio sacerdote, aplastándolo literalmente con una enorme roca, al pronunciar la palabra prohibida que había llevado al desdichado palestino a verse en aquel atolladero.

 

Dejando de un lado los “recaditos” que los Monty Phyton dejaron grabados -no ya en esta escena sino en todo el metraje de la obra, en la que no cesan de criticar nuestra sociedad actual a través de una burda parodia de una época lejana-, resulta paradójico que hayamos pasado de “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, que el Nuevo Testamento tiene tan a gala enseñarnos, al “quien no tenga piedra que se quite que ya tiro yo la que tengo”.

 

¿Existe algún paralelismo entre esta parodia de ajusticiamiento y los linchamientos digitales que hoy día pueden verse, ya sea por medios de comunicación o, cada vez con más frecuencia, a través de las redes sociales?

 

En otros tiempos, el graciosillo de turno acababa ingeniando un chascarrillo, muy celebrado entre su círculo de amistades, sobre el político o personaje famoso de moda en su momento. Ahora la cosa es mucho más fácil: basta con que estos graciosillos “cuelguen” sus ocurrencias en las redes sociales para que se propaguen viralmente, de tal guisa que hoy día no hay quien escape de sus mordaces ridiculizaciones.

 

Al margen de la consideración de quién tiene todo ese tiempo para desarrollar tal volumen de morralla, resulta evidente que cualquier persona que ostente cierta notoriedad pública es potencial objetivo de estas críticas, muchas de ellas basadas en datos errónos –ya sea por falta de rigor en la toma de los mismos o por aviesa intención de desprestigiar- y siempre sangrantes para la imagen del aludido.

 

Se llevan la peor parte los políticos, muchos de ellos por méritos propios, que no dejan de ser el principal objetivo de los “arrojadores de piedras”, quienes no dudan en recurrir a las más difamatorias técnicas para alcanzar la mayor difusión posible. Me imagino que entre los amigos y familiares de esos políticos –porque me imagino que los tendrán, ¿o es que la clase dirigente política de nuestra sociedad está constituida por alienígenas venidos de otro mundo?- estas ridiculizaciones de un ser querido harán daño, y pensarán si no es mejor que el aludido se dedicara a otros menesteres menos vilipendiables.

 

Se me ocurre que estos satirizadores se asemejan mucho a esa turba incontrolable que en la cómica lapidación antes descrita termina por “cargarse” a la autoridad que dirigía el ajusticiamiento. Y hay una pregunta que siempre me rondó la cabeza -pues en el largometraje, tras la eliminación del sacerdote se pasa, sin solución de continuidad a otro de los numerosos gags que lo componen-, ¿qué paso con el hombrecillo condenado?; ¿escapó disimuladamente entre la marabunta o fue igualmente sepultado bajo piedras? Cada vez con mayor frecuencia, observo que nos detenemos más en juzgar a quien debe abordar un problema que en afrontar el problema en sí.

 

Les invito, si no lo han hecho ya, a disfrutar del film de los mordaces Monty Phyton y a descubrir en el mismo otras muchas más veladas alusiones a comportamientos que se dan en nuestra sociedad. No se pierdan la escena del ex-leproso, la discusión política en el Coliseo, y otras muchas que, como decimos por estas tierras, “no tienen desperdicio”.

 

 

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