UN CAMBIO, PERO¿QUÉ CAMBIO?

     En los últimos meses se viene desarrollando en nuestra sociedad un áspero debate en torno a la nueva Ley de Educación, la LOMCE. Independientemente de la multitud de críticas que esta ley viene cosechando desde numerosos sectores, y que parecen apuntar a que esta norma no es lo que necesitamos, lo que tengo muy claro es que precisamos un cambio en nuestro modelo educativo. El problema radica en determinar cuál sería el rumbo adecuado que deberíamos tomar.
 
     Y ahí es donde comienza a ponerse de manifiesto una carencia que viene siendo preocupantemente frecuente en esta España de nuestros días: la bipolaridad política que determina una incapacidad de nuestros dirigentes para alcanzar acuerdos sobre temas de vital importancia como lo es, sin duda, la educación.
 
     Bien les valdría recordar a sus señorías congresistas y senadores, de cualquier signo político, que, como bien dice nuestro sabio refranero, más vale un mal acuerdo que un buen pleito. Tan cegados están en hacer prevalecer sus intereses que no aciertan a ver el siniestro horizonte que este dontancredismo supone para nuestro futuro.
 
     Pudiera ser que no sea necesario cambiar tantas veces la normativa que rige el sistema educativo, que ya van cinco desde la restauración democrática, sino la forma en la que nuestros legisladores pueden cambiar las leyes educativas, pues en la actualidad se exige mayoría absoluta para legislar esta materia. Bien nos valdría que fuera imprescindible un consenso aún mayor, que para cambiar la Ley Sálica que menoscaba el derecho de las mujeres en el acceso al trono real bien que hacen falta una serie de procedimientos que incluyen referéndum y disolución de las Cámaras (paradojas de nuestra Constitución).
 
     Al margen de todo esto, y volviendo en torno a la LOMCE, me sumo a la oleada de críticas que recibe esta ley, ya que entiendo que no es la que necesitamos. Además, pese a que se apruebe en las Cortes merced a la mayoría que ostenta el actual partido en el poder, cuenta ya con tantos detractores que difícilmente podrá constituirse en el instrumento que vertebre la deseada mejora educativa.
 
     Cualquier normativa que se apruebe debería contar con un consenso muy amplio, que comprometiera al mayor número posible de fuerzas políticas, de forma que una vez se produzcan los cambios de gobierno con tendencias contrarias, no empiece el nuevo ejecutivo a preparar un nuevo marco para la educación a cuentas de corregir las deficiencias de las que, a su juicio, adoleciera el anterior.
 
     Por favor, señores dirigentes políticos que asís las riendas de los designios de esta España suspensa en Educación, acepten el ruego de este modesto padre comprometido con la educación de sus dos hijos: dejense de pamplinas, que otra cosa no son sus interminables justas verbales; abandonen las frases rimbombantes y bien sonantes con las que adornan sus huecos discursos; olviden sus enrocadas posturas; administren con sabiduría y diálogo, los unos, el supremo derecho de gobernar otorgado a través de las urnas, y cooperen con valentía, los otros, sin ejercer la crítica por la crítica ante toda acción emprendida por quien ostenta el poder ejecutivo.
 
     A ver si de una vez por todas son ustedes capaces de consensuar posturas más allá de pactar sus propias retribuciones, pensiones y otras prebendas que con tanto celo administran.
Y esto que es un ruego, entiendo que muy extendido por el conjunto de la ciudadanía, atiéndanlo pronto, porque no está el pueblo por la labor de soportar por mucho más tiempo esta situación, y lo que hoy es una petición tal vez mañana se convierta en una exigencia. Que son muchos temas los que, al igual que la Educación, van a la deriva y no se atisba solución a los mismos.
 
     Y nosotros, la sociedad, deberíamos tomar cartas en el asunto, de forma pacífica pero firme, como nos han enseñado en la Comunidad Autónoma de Madrid, a cuentas de la pretensión del gobierno autonómico de privatizar la gestión de varios hospitales, los integrantes del colectivo sanitario. Sin violencia, sin disturbios callejeros, pero con una pertinaz oposición a lo que entendían una mala decisión.
 
     ¡Ay!, el día que aprendamos a dejar de emitir nuestro voto ciegamente… Que aquí votamos en contra de que unos lleguen al poder, y no buscando que las personas más idóneas nos gobiernen. Porque a mí, como escribió el poeta uruguayo Mario Benedetti, “Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. Me gusta la gente justa con su gente y consigo misma, pero que no pierda de vista que somos humanos y nos podemos equivocar”. Esos son los que deberían gobernar. Ese es el cambio que necesitamos.
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