A VUELTAS CON LA REPUTACIÓN

En esta ocasión, respetado lector, quisiera aprovechar este breve artículo para compartir con usted una serie de reflexiones en torno a un tema que, desde los tiempos bíblicos del Génesis, no ha dejado de estar de actualidad. La seriedad del asunto me mueve, lector estimado, a no tutearle, cosa que, en venideros artículos desearía corregir. El asunto en cuestión no es otro que esa tendencia natural de todo lobo a vestir piel de cordero en aras de alcanzar el éxito en sus propósitos. Dicho con otras palabras, quisiera hablar, si usted me lo permite, sobre la importancia de las apariencias y de cómo una reputación adecuadamente labrada e intencionadamente consolidada puede ser más poderosa que la propia verdad. 
 
¿Se ha parado usted a pensar las ventajas de las que disfrutaría, por ejemplo, un ladrón y estafador que se presentase con una intachable y pública reputación de honradez y honestidad a sus espaldas? Indudablemente, ese individuo gozaría de una envidiada impunidad a la hora de cometer sus desmanes. Por este motivo, suelo siempre fiarme de los lobos que se acercan al rebaño de corderos sin indumentarias, con su auténtica piel de lobo. Por el contrario, acostumbro tener una desconfianza enfermiza de todo cordero que, en el centro del rebaño, destaca por su perfecta piel de cordero, su modélico comportamiento de cordero y su ejemplar balido de cordero. La experiencia me ha enseñado que así es como visten y actúan los lobos que aspiran a darse el festín de su vida.
 
Tener una buena reputación es algo impagable. Pero muy pocos tienen la fortuna de alcanzarla. Muy pocos logran el privilegio de aquel premio Nobel de literatura que en los banquetes, sentado a la mesa y ante insignes comensales, expulsaba sonoras ventosidades sin ningún rubor y, lejos de ser tachado de maleducado y otros adjetivos más acordes con su comportamiento, su reputación de intelectual y premio Nobel convertían aquellas elocuentes ventosidades en la manifestación más refinada de su ingenioso sentido del humor y de su carácter espontáneo y campechano, cualidades dignas de admirar en todo un  premio Nobel de literatura, claro está.
 
¿Se imagina, lector mío, si usted, que no es Nobel de literatura, hiciera en un banquete lo que nuestro referido Nobel de literatura acostumbraba a hacer? Aquí es donde quiero llegar cuando digo que una reputación bien construida puede ser más poderosa que la propia verdad y, en consecuencia, el mejor burladero para resguardarse y ocultar vicios, torpezas, debilidades, ineptitudes,  inmoralidades e incluso crímenes. 
 
Hay reputaciones que, bien gestionadas, pueden llegar a convertirse en auténticas patentes de corso, cheques en blanco, valiosos salvoconductos o chalecos antibalas que dan a su titular poderes que envidaría el más pintado superhéroe Marvel. Basta con encontrar a ese sastre capaz de confeccionar una piel de cordero en la que embutir a su cliente y etiquetar el traje con la reputación deseada: ejemplar padre de familia, fiel y abnegada esposa, piadoso cristiano, político honesto, honrado ciudadano, magnífico gestor, eficiente profesional… Con un traje así, cualquier lobo no tendría problema para adentrarse en el rebaño y darse la comilona de sus sueños. 
 
Pero tampoco hay que ser tan tremendista ni tan mal pensado. El preocuparse por llegar a los sitios precedido de una adecuada reputación es algo que, a mi juicio, resulta en muchos casos  incluso una obligación por nuestra parte. En este sentido, me viene a la memoria algo que leí sobre un político llamado Juan Estelrich y Artigues, diplomático mallorquín que fue delegado de España en la UNESCO allá por la década de 1950. Este señor era muy aficionado a narrar anécdotas en las que, casi siempre, se colocaba como protagonista. En una de ellas, contaba que acudió a la Universidad de Buenos Aires a dar una conferencia sobre Cervantes y El Quijote. Al comenzar su disertación, un torrente de carcajadas inundó el Aula Magna, que se encontraba abarrotada de estudiantes. A los pocos minutos, cuando el discurso se adentraba en las profundidades del tema, las risas se sucedían y los aplausos no dejaban de interrumpir. El orador estaba desconcertado y, con una mirada de interrogación, se dirigió al rector de la Universidad, sentado cerca de él, quien le hizo una seña para que reparase en el cartel donde se anunciaba la conferencia, que se encontraba justo a sus espaldas. En dicho cartel, bajo el nombre del disertante, debía figurar “insigne humanista”. Sin embargo, un error de imprenta hizo que quedara escrito “insigne humorista”. El protagonista de esta historia comprendió en ese momento la importancia de llegar a los sitios precedido de una reputación. A partir de ese momento, decidió, como ya he dicho, dedicarse a la política y lo hizo con aceptable éxito.
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