PAN Y ROSAS

Cuenta la tradición que un 8 de marzo, allá en los primeros años del siglo XX, miles de mujeres trabajadoras de la industria textil pararon en sus puestos de trabajo y se manifestaron por las calles de Nueva York marchando tras una pancarta donde estaba escrito: “Queremos pan y rosas”. Como es de imaginar, aquella manifestación fue duramente reprimida por la policía.
Exigiendo pan, demandaban unos salarios justos con los que poder alimentar a sus familias, unas jornadas de ocho horas que les posibilitaran continuar en los hogares el duro trabajo doméstico y unas mínimas condiciones de seguridad e higiene laborales para que la necesidad de un sueldo no se pagase con la propia salud. Exigiendo rosas, también estaban reclamando el derecho a tener una vida plena, a disfrutar de la belleza, a saber qué es la alegría, a participar de la educación, a acceder a la cultura y al ocio. Con la reivindicación de pan y rosas, aquellas mujeres reclamaban algo vital para cualquier ser humano. Porque si el pan es el símbolo que representa el alimento del cuerpo, las rosas simbolizan el alimento del espíritu, de ese espacio del ser humano en el que residen los sentimientos y nos define como personas.
No me extraña que fueran mujeres las que saliesen a la calle para decir que, al igual que el cuerpo muere de inanición cuando le falta el pan que lo alimenta, el corazón y el espíritu también fallecen cuando les falta su alimento: las rosas. Pienso que no fue por casualidad que fuesen mujeres las que enarbolaran una pancarta así, pues en la mujer trabajadora ha venido recayendo secularmente una doble injusticia y una doble discriminación, resultado de su doble condición de trabajadora y de mujer. Con la celebración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, se rememora aquella efeméride, junto a otras parecidas, como un símbolo que merece una seria reflexión.
Creo que los símbolos son necesarios. Si no pudiéramos echar mano de los símbolos, sería una imposible proeza poder entender el mundo, interpretar la realidad y encontrar explicación incluso a lo que a todas luces carece de ella. Por eso, soy de los que piensan  que, dado que necesitamos pan y rosas para sobrevivir, hay que echar mano de esos símbolos y salir a la calle a reivindicarlos, al igual que lo hicieron aquellas mujeres del primer 8 de Marzo. Porque estoy convencido de que aquellas mujeres salieron a la calle pensando no solo en ellas, sino también en sus maridos, en sus hijos e hijas, en sus  padres… Salieron a la calle pensando en todas las víctimas de esta sociedad injusta.
Me da la impresión de que la celebración del 8 de Marzo es actualmente una especie de onomástica donde se rememoran tiempos pasados como si ya estuviesen superados. Seguramente, habrá lectores que discrepen de mi opinión, pero no puedo evitar pensar que, al reducirse el 8 de Marzo a una mera reivindicación de género, se están obviando  muchos de los problemas sociales que afectan a muchas mujeres y a muchos hombre y se están poniendo vendas que impiden ver que hay motivos para que se sigan reivindicando pan y rosas, pues existen situaciones de injusticia y de discriminación cuya raíz está más bien en razones que hacen que todo esto que llamamos orden social sea, en el fondo, cuestión de fuertes y débiles, de ricos y pobres, de quienes pueden poner condiciones y quienes no tienen más remedio que aceptarlas, de quienes disfrutan de las rosas y quienes tienen vedado acceder a ellas.
Creo que en esa relación entramos todos, hombres y mujeres. Pero es cierto que hay personas sobre las que esa injusticia y esa discriminación se ceban. La falta de cualificación profesional, la carencia de estudios básicos, el no tener unos ingresos mínimos, el ser inmigrante y el ser mujer son circunstancias y condicionantes que, si se acumulan, garantizan una inmisericorde condena social.
Un año más, nuestros municipios cumplen con la preceptiva conmemoración del Día de la Mujer repitiendo los mismos actos, los mismos discursos y la misma propaganda institucional que hacen de este día algo sumamente previsible, desnaturalizado, neutro. Definitivamente, hace tiempo que el 8 de Marzo fue absorbido por el propio sistema al que, en su origen, se enfrentaba. Lo que más me llama la atención es que casi todo el mundo lo ve bien así.
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