Test de envejecimiento

En pocas semanas cumpliré
cincuenta años y estoy preocupado. Un antiguo compañero de la EGB, y amigo
desde entonces, me confesó hace poco sentir lo mismo. Cuando le pregunté por
los síntomas en los que se basaba su preocupación me contestó: “he comprendido
que me estoy haciendo viejo. ¿Sabes cómo lo sé? Antes me fijaba en las novias
de mis amigos y ahora me fijo en sus hijas”.

Ante tan inapelable argumento, mi
preocupación aumentó, pues su peculiar test para detectar el envejecimiento
también me dio positivo al aplicármelo. No obstante, decidimos hacer la
concluyente “prueba del algodón” -que, como todo el mundo sabe, nunca engaña- y
los resultados fueron aún más descorazonadores. Sin ninguna duda, y empleando
un eufemismo piadoso, mi amigo y yo comprobamos que hace demasiado tiempo que dejamos
de ser jóvenes. Ya sé que eso es algo inevitablemente natural, irremediable,
cargado de lógica… Pero es duro asimilarlo.

Posiblemente, paciente lector, -y
permíteme que nos tuteemos- puedas estar en una situación parecida. Te propongo que
te sometas a un sencillo cuestionario, una especie de “predictor” psicotécnico
que te sacará de dudas sobre la verdadera ubicación que, por edad, te
corresponde en la pirámide generacional. Las preguntas son las siguientes:

  1. ¿Comprendes el sentido de la frase: “te mueves más
    que los abanicos de Locomía”?
  2. ¿Recuerdas a Orzowei y su taparrabos?
  3. ¿Podrías explicar qué era la UHF?
  4. ¿Le pediste alguna vez a los Reyes Magos un “Comediscos”?
  5. ¿Podrías tararear una canción del Dúo Báccara?
  6. ¿Celebraste los doce goles que España le endosó a
    Malta?
  7. ¿Has bailado alguna canción lenta de los Pecos?
  8. ¿Te gustaba el programa “Aplauso”?
  9. ¿Has tenido alguna vez un pantalón estilo Tony
    Manero?

Si de estas preguntas has
contestado afirmativamente al menos a una, tengo que comunicarte que también
hace tiempo que dejaste de ser joven. En caso contrario, enhorabuena, lo que a
continuación se escribe en este artículo es posible que no te resulte de
interés, por lo que puedes dejar de seguir leyendo y emplear el tiempo en algo
más provechoso.

Cuesta aceptarlo, pero a la velocidad
de vértigo que va todo, hay que ser muy joven, excesivamente joven, para disponer
de la agilidad mental necesaria que permita subir a ese tren en marcha que son
los tiempos que corren. No basta con que los de mi generación nos vistamos igual
que los jóvenes, hablemos igual que ellos, escuchemos la misma música que ellos
escuchan, practiquemos el botellón… Nunca lograríamos ser uno de ellos. Lo
único que conseguiríamos, a nuestra edad, es hacer el ridículo.

No sé lo que pensarás, amable
lector, pero cuando escucho esas implacables críticas a la juventud actual por
quienes, al igual que tú y yo, ya no son jóvenes, no puedo evitar rebelarme,
porque a todas luces las veo injustas. Estoy convencido de que son
reprobaciones que nacen de la ignorancia, del resentimiento o, peor aún, de la
envidia respecto de quienes gozan de lo que el paso del tiempo nos arrebató.

Oscar Wilde dijo que la tragedia
de la vejez no es ser viejo, sino haber sido joven. En caso de que el gran
escritor dublinés tuviese razón, los motivos de temor se me acrecientan cuando
escucho que los datos demográficos de nuestro país dicen que la población
envejece y, en no muchos años, viviremos en una sociedad marcada por el
sentimiento trágico no de ser vieja, sino de haber sido joven. Dicho en otras
palabras, nos espera una España envejecida e instalada en una reprobación
constante de su mejor pasado nacida de la ignorancia, del resentimiento o, peor
aún, de la envidia.

Quizá toda esta reflexión no
tenga sentido y solo sea fruto de que en pocas semanas cumpliré cincuenta años
y estoy preocupado.

Antonio Salas Tejada

Profesor

antonio-salas@hotmail.com

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