Un problema de todos

El actual mes de Febrero nos devuelve a la actualidad aquellas jornadas vividas durante bastantes años con los cayucos que, un dìa si y otro también, se acercaban a las costas españolas buscando la entrada a una Europa opulenta, rica, vista como solución a la miseria que muchos africanos vivian en sus paises de origen. Para la inmensa mayoría era rentable arriesgar la vida con tal de poder llegar a su Eldorado particular.
Las noticias nos dicen que cerca de 30.000 subsaharianos se encuentran asentados en Marruecos a la espera de poder entrar clandestinamente en Europa, la mayoría de ellos a través de Ceuta y Melilla. Los informes oficiales resaltan la “enorme presión migratoria” que hay en torno a las dos ciudades autónomas españolas. 
Los subsaharianos con medios económicos optan por acudir a las redes mafiosas para llegar a Europa en barcos a motor o bien ocultándose en coches con doble fondo para burlar los controles fronterizos. Sin embargo, gran número de inmigrantes apenas tiene dinero para subsistir y menos aún para pagar las tarifas de las mafias. Por eso, el salto de las vallas de Ceuta y Melilla es su “única opción para pasar de Marruecos a territorio español, ya que no tiene coste económico y puede realizarse en cualquier momento”, según fuentes oficiales.
Los saltos masivos del vallado, como el que se produjo el pasado 6 de febrero en Ceuta, no están organizados por mafias, aunque sí se realizan de forma coordinada por grupos de inmigrantes apostados en campamentos cercanos. Numerosas veces, la fecha en que se va a producir una avalancha desde Marruecos está fijada con varios días de antelación y esa información es conocida incluso entre inmigrantes que aguardan en otros países vecinos. 
Ceuta se ha convertido en uno de los principales focos de atracción debido a su proximidad a la Península y al gran número de conexiones marítimas con Algeciras (Cádiz). Eso aumenta las posibilidades de cruzar el Estrecho en ferrys, buques mercantes, autobuses y camiones.   Son miles los que intentan llegar cada año en barquichuelas, nadando o tratando de superar las verjas reforzadas con cuchillas. Hay evidencias del auxilio que se presta a muchos, pero también de las presuntas ilegalidades que se cometen con otros, devolviéndoles a Marruecos por procedimientos expeditivos.
El ministro del interior acierta al señalar la “especialísima situación” de Ceuta y Melilla, por tratarse de las únicas fronteras terrestres de Europa occidental con África, pero la dureza no frenará la presión migratoria ni tampoco a los contrabandistas de personas, porque el escalón económico entre África y Europa sigue siendo enorme y el continente más pobre se encuentra deshecho por los conflictos. La parte más joven de las poblaciones amenazadas siempre intentará jugarse la vida para buscar la oportunidad de huir de guerras y miserias. 
Ante esta realidad conocida por todos esta claro que lanzar pelotas de goma y cartuchos de fogueo cerca de personas que intentan nadar hacia una playa no es el comportamiento más adecuado.  Aunque fuese cierto que  solo se intentaba “asustar”, es inimaginable el pánico que debieron vivir personas lanzadas al agua con “signos de agotamiento físico” y salvavidas hechos “con sacos de arpillera con botellas de plástico vacías”, según información del Gobierno.
La cuestión es difícil que pueda resolverla un solo país, en esta caso España, por lo que echamos muy en falta una política migratoria a escala europea, porque la UE se limita a emocionarse con la tragedia de Ceuta como antes lo hizo con la de Lampedusa. Pero nunca se puede tratar a los inmigrantes sin documentos como si fueran delincuentes.  Europa es quien debe proponer soluciones ya que el de la migración africana debe ser un problema de todos.
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